PARTE UNO

¿Les parece raro conocer a una sexóloga? La mayoría de personas respondería afirmativamente esta pregunta, al menos en mi experiencia personal así lo he notado. Cuando conozco a alguien, específicamente a una mujer y me pregunta a qué me dedico, echo una retahíla larga y detallada, explicándoles que soy psicóloga experta en sexología, que hago charlas de sexualidad y juguetes sexuales en despedidas de solteras y reuniones de mujeres y que además hago consulta, y que… y que… Aunque les confieso que no siempre menciono lo de los juguetes, porque especialmente las mujeres tenemos muchos prejuicios con éstos y estamos en una sociedad en la que todavía hay mucho tabú al respecto. El caso es que las personas se sorprenden bastante, me dicen que nunca habían conocido una sexóloga, que nunca se hubieran imaginado que alguien hiciera el tipo de trabajo que hago yo. No suelen entender muy bien para qué sirve una sexóloga, en qué consiste mi trabajo o si en realidad se necesita aprender de sexualidad, si según ellas el sexo es sexo y debe ser espontáneo. Sin embargo, lo más curioso es que algunas personas se cortan inmediatamente, se intimidan y toman prudente distancia (eso sí llevándose una cantidad de inquietudes en su mente), mientras que otras comienzan a hacer mil y una preguntas sobre el tema, a pedir tips, a querer que les dé la fórmula mágica para enloquecer a un hombre, como si tuviera en mi frente tatuada la frase “háblame de sexo”. Lo mejor del cuento es que las que se gozan mi profesión totalmente, son mis grandes amigas, que se sienten súper orgullosas de mí, de mi trabajo, de ser mis amigas y me agradecen por ayudarles a entender mejor su propia sexualidad y para mí es grato saber que soy su asesora de cabecera en un entorno de máxima confianza y entre mujeres compartimos conocimiento y experiencias, aunque todas hayamos crecido con los mismos tabúes y prejuicios.